El Misterio del Bujero

A veces me pregunto por qué extraño motivo a todos nos gusta enfrentarnos a los mecanismos de recuperación de nuestro cuerpo. ¿Quién no ha intentado alguna vez arrancarse una costra, tocarse un grano, quitarse “pielecitas” o meter el dedo en la llaga? Es un extraño y morboso instinto de anti-conservación, que secretamente disfrutamos y absurdamente ocultamos. Bueno, no todos, ¿eh? ¡Viva el gore!

Pero a lo que iba. Hay uno de estos mecanismos que me llama la atención, sobre todo por su desesperante lentitud: las heridas en la boca, llagas, aftas o como lo llaméis. Ya sea por el roce, la higiene, o algún sabor fuerte, todos las hemos sufrido. Y es que recientemente estoy sufriendo una, y además en la lengua. No se si alguna vez le has dedicado un rato a observarlas, pero las llagas en la superfície lengua son de lo más curiosas. No se forma una herida, sino que pasa por 2 fases muy curiosas:

-Fase 1: hinchazón. La/s papila/s afectadas se inflaman y engordan sobresaliendo por encima de las demás.

-Fase 2: Bujero. No tengo ni idea de como se pasa de la fase 1 a la 2, pero de repente te encuentras un agujero donde antes estaban esas papilas inflamadas.

Y un buen día, te levantas somnoliento, y al llegar al espejo buscas con ilusión y morbo ese pequeño y anormal agujero que tanto interés te causa pero, mágicamente, la llaga ha desaparecido y la zona está perfectamente reparada, como si nada hubiera pasado. La decepción de otra monótona mañana recorre tu cuerpo, mientras te consuelas con la esperanza de que, la próxima vez, quizás puedas resolver… ¡El Misterio del Bujero! 

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